jueves, 14 de abril de 2011


La lengua sucia

Belkis Cuza Malé

Cuando yo era una ni
ña y me llevaban a la consulta del doctor lo primero que éste hacía era pedir que abriera la boca y mostrara la lengua. Parece que ahí estaban todos los secretos del cuerpo. Una lengua sucia era más que una lengua sucia, era un compendio de enfermedades, toxinas, parásitos y todo lo imaginable. Entonces venían los remedios y teníamos que desintoxicarnos o bien con leche de magnesia u otras medicinas populares en la época. Luego, con los años, leyendo a Deepak Chopra, médico y especialista en la Ayurveda, una rama de la medicina tradicional de la India, supe que era necesario limpiarse la lengua cada día con un aparatico especial que parece más bien un rastrillo, de esos que se usan en los jardines. De nuevo, oi las explicaciones de la importancia de limpiarnos la lengua, de mantenerla sana.
Pero de esa lengua chismosa, malhablada, pecaminosa, presta al improperio, a la negatividad, a nombrar las cosas por su lado pecaminoso; de esa lengua promiscua, barriotera, chusma, y más, lengua sin bozal, rabiosa, que insulta y ataca como látigo implacable, de esa lengua como instrumento del bien y el mal es de lo que quiero hablarles.
Parece que hubiese pueblos con lenguas más sucias que otros. Es decir, gente que blasfema, injuria, condena o maldice más que otros. Por ejemplo, nosotros los cubanos somos más acalorados que muchas otras nacionalidades. La sangre caribeña hierve fácil en nuestras venas y solemos insultar a diestra y siniestra. Es decir, usamos la lengua para hablar miles de cosas que nunca deberían haber salido de nuestras bocas, o mejor, que nunca debimos de pensar.
Decir malas palabras es una muestra del descalabro espiritual en que nos
encontramos. Extrañamente las malas palabras siempre están asociadas al sexo; se grita, se condena, se maldice usando alusiones sexuales. Tratamos de menoscabar a alguien con una palabrota siempre aludiendo a su capacidad sexual o a su propio sexo. No hablemos ya de los que insultan llamando al otro *mujercita* (por sólo usar aquí la expresión más decente). Para discriminar, para condenar, insultar o maldecir se usa la lengua. La lengua sucia. Mírese pues al espejo, saque la lengua y contemple cuánta suciedad.
Hay gente que vive prisionera de la lengua, que no da un paso si no lo acompaña de una palabrota, de una grosería; gente que piensa que la
lengua es un látigo para atacar y vencer al supuesto enemigo o contrario. Pero, amigos lectores, la energía, la mala energía que generan esas palabrotas terminan por crear una capa densa en la mente y en el propio organismo humano. Somos sin duda lo que pensamos y lo que hablamos. Y los demás así nos perciben, por el modo en que expresamos nuestras ideas y sentimientos. Esopo, el famoso escritor griego de la antiguedad, escribió una hermosa fábula sobre la lengua, señalando que la lengua era lo mejor y lo peor en el ser humano, dependiendo de cómo la usáramos.
Por su parte, el ministro Kenneth Copeland, uno de los más formidables maestros de las enseñanzas bíblicas, abre su pequeño libro El poder de la lengua, citando a Proverbios 18:21: *La muerte y la vida están en poder de la lengua y aquéllos que la consienten comerán del fruto de ella (para muerte o para vida)*. Y nos explica cómo *un fáctor clave en el desarrollo de la raza humana ha sido la habilidad única que tiene el hombre de escoger sus palabras y expresarlas*, no así los ángeles, dice, que sólo hablan palabras de Dios.
Les cito aquí del libro de Copeland porque me parece extraordinario
todo lo que dice y les puede ser útil saber que, ustedes *pueden controlar al diablo aprendiendo a dominar su propia lengua*. Pero también deben tener bien claro que eso sólo se consigue si tienen el poder el Espíritu Santo dentro de ustedes, como nos explica Copeland, aprendizaje que requiere meditación sobre la Palabra de Dios y el deseo de obedecerlo. *Se necesita poder espiritual, y poder espiritual es lo que cada creyente renacido tiene a su disposición --nos dice Copeland--, Jesús dijo que sus palabras son espíritu (Juan 6:63).
Usar la lengua para bendecir al otro, para expresarle nuestro amor, para repetir la palabra de Dios es un arma de incalculable poder. Frenar la lengua es, como nos explica Copeland, una tarea que no puede hacerla nadie por sí solo.
Por tanto, comience por buscar ese poder dentro de usted mismo, entréguese a la meditación de la Palabra del Señor, a la lectura de las promesas de
Dios, a la oración. Sé que nos es fácil, que me dirá que no va a estar todo el día leyendo la Biblia ni orando, que tiene que trabajar y atender a su familia. Bien, pero intente ponerse en contacto a diario con Jesús, con su voz interna. Siéntese por un momento en un lugar aislado, y háblele a Dios, pídale orientación, pídale que el Espíritu Santo more en su cuerpo. Haga de su cuerpo el Templo del Espíritu Santo. Y con ese poder dentro de usted, con mucha meditación y repetición de la Palabra de Dios, no habrá diablo que desate su lengua en contra de los otros, ni intente destruirlo.
!Oh, qué dulces son las Palabras de Jesús, sí, sus Palabras son espíritu!, queridos hermanos.
Muchas bendiciones.

NOTA:
Si necesitan ayuda con sus problemas, si están deprimidos, faltos de amor, solos,
sin trabajo y esperanza, por favor, comuníquense conmigo a cualquier hora al (786) 975-5709 y oraré con ustedes. O enviénme un mensaje a BelkisBell@Aol.com. Con Dios todo es posible.

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